FICHA III

 

Lo que vio Dios y lo que vieron los hombres.

 

                “Hace muchos años, me enviaron a una Parroquia en un pueblo perdido de Extremadura. Durante mi primera temporada allí, me dediqué a visitar a las personas ancianas que vivían solas por si necesitaban algún tipo de ayuda que estuviera en mi mano. Y descubrí a una señora viuda que había perdido a su único hijo en un accidente de coche hacía ya tres años. Medio inválida, por la “dichosa artrosis”, como ella decía, no quería que nadie le hiciera la casa o la comida. Lo cierto es que se movía por la casa con más agilidad de la que aparentaba poseer. Aún así, yo iba todas las tardes a su casa, a la hora de la merienda y le preparaba un café, que nos tomábamos juntos sentados en su sala de estar.

La sala de estar era bastante pequeña. Prácticamente cuadrada, con una pequeña ventana en el fondo de la sala, cubierta por unos visillos azules, que prodigiosamente había tejido con sus arrugadas manos. El sol se paraba ante esos visillos pero dejaba un claro y azulado resplandor en toda la sala. Encima de la mesa y en un pequeño mueble de caoba, tenía esta buena señora centenares de fotografías, que yo imaginé eran de sus hijos.

 

                Después de merendar nos dedicábamos a contemplar las fotos, una tras otra. Sin prisa. Ella me contaba quiénes eran y mil situaciones que le habían ocurrido. Incluso algunas de esas situaciones aparecían en algunas fotos. Durante los tres años que ella vivió, desde que yo llegué a ese pueblo, no nos dio tiempo a ver todas y cada una de las fotos que ella tenía expuestas en esa habitación. Pero, yo me había acostumbrado a esa parada diaria para contemplar una realidad vivida. Así es que, cuando ella murió, me quedé con todas las fotografías y conseguí clasificarlas y guardarlas en unos albumes de fotos. Desde entonces todas las tardes repaso alguna de las fotografías y siempre me hablan de ella y de su historia. Así tal y como ella quería que fuese contemplada es como se la presento al Señor. Hay días que por el jaleo de la parroquia no tengo un instante para poder hacer un rato de oración, pero ese rato de contemplación de las fotografías no me lo quita nadie. Y  os aseguro que me hablan como Palabra viva de Dios.”