FICHA IV

 

        Y al orar repetid...

 

         “Un día se acercó al Señor un joven y le dijo: “Maestro, tú dices muchas veces que es necesario orar y que hay que hacerlo con frecuencia. ¿No resulta esto imposible?. La vida diaria exige muchos desplazamientos y hasta las iglesias están cerradas. ¿No ves que ni tenemos  sitio, ni tiempo para orar?.

         El Señor vio que no había mala intención en la pregunta. Los ojos del chico traslucían sinceridad y candor. Por eso en un tono cariñoso le dijo: “¿Qué hacías cuando te enamoraste de Toñi?”.

         “ Cantaba todo el día aquello de “ Ay mi morena, morena clara...”

“¿Y qué te decía tu madre?”

         “ ¡Calla!. Eres más pesado que un moscardón”.

         “¿Y le hacías caso?”.

         “ Qué va. Cantaba en voz baja y me gustaba oírme interiormente. Así me acordaba más de aquella chica, mi primer amor...¿Pero que tiene que ver todo esto con la oración?.”

 

         “ El amor de Dios es como un enamoramiento, o debe ser así. La oración como un canto ardiente de juventud...te metes la canción en la mente y permanece contigo todo el día si tú lo deseas...

 

         Hay muchas canciones que expresan nuestros sentimientos hacia Dios, unas son alegres, otras serias, de súplica algunas, tristes para los momentos de depresión, otras... Escoge la que mejor responda a tu momento o a tu ansia, y repítela unas cuantas veces como si fueras un disco rayado, hasta que le saques gusto a la melodía. Poco a poco el cerebro que dirigía tus labios se verá dirigido por ésta (a lo mejor te sorprendes cantando en voz alta) y de los labios o del cerebro pasará al corazón. Los problemas del momento te distraerán seguramente de tu súplica, algo inmediato podrá acaparar momentáneamente  tu atención, la melodía entonces podrá extinguirse pero cuando la interrupción se acabe, la canción volverá a tu mente y los labios la volverán a repetir y tu corazón vibrará de amor, dolor o esperanza.”.

 

         El Señor no quiso decirle nada más y él entonces cogió de la mano a su chica y se marchó alegremente cantando y saltando.

 

         El Señor dijo satisfecho a sus amigos: “Mi corazón también salta y se alegra con ellos. ¡Ojalá que lleguen a viejos cantando!...”.

 

Por si ayuda

         En muchas ocasiones no sabemos muy bien como dirigirnos a Dios. Y nos buscamos fórmulas artificiales que repetimos sin sentir ninguna de las palabras que proclamamos.

 

         Si en verdad queremos dirigirnos a Dios, siguiendo la oración que ya repetían nuestros padres, debemos situarnos en su presencia y dejarnos empapar de lo que otros proclamaron antes que nosotros.

 

         Para ello la mejor manera es utilizar los salmos. Antiguamente, los judíos utilizaban los salmos como cantos de alabanza al Señor. Por eso los salmos que utilizamos en nuestras celebraciones litúrgicas deberían ser cantados y no leídos.

 

         Un salmo orado con el corazón se convierte en un manantial de alabanza, de acción de gracias, de arrepentimiento,...en búsqueda incesante de Dios donde su amor brilla por su fuerza en la oscuridad del hombre.

 

         Pero, varias son las actitudes que podemos tomar ante este tipo de oración. Depende de nosotros y nuestra disposición, el querernos sumergir en este inmenso y profundo mundo.

 

         Yo distingo entre dos actitudes principalmente: la del papagayo y la del camello.

 

         El Papagayo sería aquel que repite un salmo, sin devoción ninguna, porque toca y porque así se quita de problemas. Es algo que ya está escrito, que no hay que romperse mucho la cabeza en pensar cosas nuevas. En definitiva, nos saca del apuro. Y como no, se puede hacer oración más rápido y terminar antes.

 

         El Camello sería aquel que no se limita a repetir lo escrito. Es aquel que se deja interpelar, que en definitiva hace suyas las palabras que otros hombres y mujeres pronunciaron a Dios. Es el que se convierte en salmista, al hacer suyo el salmo. Es un rumiante. Que mastica y mastica cada palabra del salmo, para que la digestión sea agradable y pueda ser asimilada por el organismo.

         Por supuesto que la actitud del camello es la que se necesita si quieres ser un salmista, que llene sus palabras de corazón y no su boca de palabras vacías.

 

         Si uno se va educando en el rezo de los salmos, llega un día en que las palabras brotan en el transcurso de la vida, de la rutina, de forma espontánea, porque Dios ha tocado las fibras más sensibles del corazón del orante. Entonces hay que dejarse llevar por el Espíritu, y orar incansablemente desde la propia vida.

 

            Por último, no hay que olvidar que los salmos marcan el ritmo de los tiempos litúrgicos para la Iglesia. La oración sálmica envuelve los días y las noches. Podemos decir que mantienen el ritmo de oración de la Iglesia. Por tanto, al orar con los salmos, nos estamos uniendo a la Iglesia orante.