FICHA VIII

 

Déjame que me siente a tu lado.

                “ Ten conmigo un momento de indulgencia y déjame que me siente a tu lado. Luego acabaré lo que tengo entre manos.

 

                Cuando no puedo contemplar tu rostro, mi corazón no sabe descansar ni sosegarse, y mi trabajo se convierte en un afán infinito en medio de un mar de fatigas sin límites…

 

                Es el momento de sentarnos tranquilos, tu y yo frente a frente y de cantarte la ofrenda de mi vida con este no hacer nada silencioso y colmado.”

(“Gitanjali”; R.Tagore, nº 5)

 

Conozco una historia…

                Yo también aprendí un oficio como todos mis amigos. Vivíamos por aquel entonces en una pequeña isla de Grecia, frente a la península del Peloponeso.

 

                Mi padre era uno de los artistas más cotizados; se dedicaba a pintar iconos de la Virgen y de Jesús. La verdad es que de pequeño me daba miedo mirar esas tablas de madera que llevaban pintadas esas figuras. Siempre me miraban, me moviera a donde me moviera, me seguían con la mirada. En mis fantasías de niño me imaginaba que esos ojos penetrantes me perseguían incluso tras haber abandonado el taller de mi padre.

 

                Poco a poco, mi padre, que se reía de mis miedos, me fue acercando a su oficio y a todo lo que rodeaba ese arte. Pero yo no comprendía porque pintaba tablas y más tablas, que luego eran besadas y adoradas por tantas personas en las iglesias de muchos pueblos e incluso en Atenas. Como no se me daba muy bien eso de pintar, y lo hacía con desgana, ya que no encontraba un sentido claro al oficio; mi padre pensó que lo mejor era que fuéramos una tarde a la iglesia de la isla.

 

                Yo era la primera vez que entraba en una iglesia, pues siempre me había parecido que eso era para otra gente y no para mí.

 

                En las seis horas que estuvimos allí de pie cerca de un icono de la Virgen con el niño en brazos, pasaron multitud de gente por delante de Él. Primero una mujer mayor con su hija, después una pareja de novios, más tarde unas chicas jóvenes que iban conmigo a la secundaria; algún que otro estudiante con cara de suspenso; señoras humildes y otras muy bien arregladas; algún que otro caballero con su maletín de negocios,…. Cada uno de esos personajes tenía una reacción ante la imagen de la Virgen, pero todos besaron el icono y se inclinaron ante Ella y su hijo. Y lo más importante, al darse la vuelta y alejarse de la imagen en todos brillaba una sonrisa.

 

                Mi padre me preguntó que si había entendido la importancia de su oficio. Y le dije que sí: gracias a sus iconos ayudaba a mucha gente a encontrarse con ese Dios al que se acerca uno desde la fe. Mi padre era uno de esos obreros de Dios, de los que nos hablaban en la clase de religión; que ayuda a la gente a encontrarse con Dios y a vivir la fe; aunque sea a través de una imagen.

 

 Y aunque yo no tengo mis creencias claras, los rostros de la gente de aquella tarde me sorprendieron y me animaron a profundizar y buscar el sentido del oficio de pintar iconos.

 

Nos pasamos la tarde allí, y aprendí a amar el oficio de mi padre, que ahora es el mío.

( “Buscando el encuentro”. Anónimo).