Misericordiosos como el Padre 

 

 

"No es que seamos dueños de vuestra fe, sino servidores de vuestra alegría" (2Co 1, 24). 

 

Con estas palabras del Apóstol San Pablo, quisiéramos presentarnos a vosotros, cuando comenzamos nuestro ministerio sacerdotal en esta Parroquia del Ave María y San Luis. Queremos ser "servidores de vuestra alegría", una alegría que nace del encuentro y de la experiencia del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Como sacerdotes, no quisiéramos otra cosa sino contribuir a acrecentar, a redescubrir, la experiencia del amor de Dios. Ésta es nuestra tarea, que realizamos en el anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y la misión pastoral en medio del Pueblo de Dios.

 

Como recién llegados, no tenemos un programa pastoral preestablecido. Nuestro programa no puede ser otro que conocer la Parroquia, apreciar y valorar lo que en ella se hace, recogiendo la buena herencia que nos han dejado los sacerdotes anteriores a nosotros. 

 

Este año, el programa pastoral nos lo marca, para toda la Iglesia, el Papa Francisco, que nos convoca a celebrar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que, con motivo del 50º aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II, comenzará el próximo 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, y terminará el 20 de noviembre de 2016, fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. El Papa ha querido poner a toda la Iglesia, y también nuestra acción pastoral, bajo el signo de la misericordia. El lema del Jubileo es "Misericordiosos como el Padre". La misericordia que, como Pueblo de Dios, como cristianos, estamos llamados a practicar, debe ser manifestación y reflejo de la misericordia que Dios tiene con nosotros. 

 

¿Cómo podemos "aprender" misericordia? "Jesús de Nazaret, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios", dice el Papa en la Bula de convocatoria del Jubileo, "El rostro de la misericordia" (Misericordiae vultus), que está incluida en esta agenda. En este documento, cuya lectura recomendamos, están las "líneas maestras" para vivir este Año Jubilar, tanto a nivel espiritual, como a nivel pastoral. Estamos llamados a "empaparnos" de la misericordia del Padre, para manifestarla a todos nuestros hermanos. 

 

Tendrá que ser una misericordia contemplada. La Sagrada Escritura está llena de referencias a la misericordia de Dios. Nos hará bien repetir en nuestra oración expresiones como las que nos encontramos en los salmos: "Tu misericordia, Señor, sea mi gozo y mi alegría" (Sal 30, 8); "El Señor es clemente y misericordioso..., no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas" (Sal 102, 8. 10). 

 

La misericordia de Dios se revela definitivamente en Jesús. Los Evangelios son el mejor "manual" para aprender misericordia. En Jesús aprendemos que la misericordia significa, etimológicamente, "poner el corazón en la miseria". A Jesús le conmueven las miserias de las personas con las que se encuentra: la viuda que entierra a su hijo, la enfermedad del leproso, del paralítico descolgado del techo, el pecador que busca ser reconciliado con Dios... Siempre debemos aprender de Jesús a conmovernos, y al mismo tiempo, a ofrecer la misericordia. Sobre todo, la misericordia de Jesús se manifiesta en la Cruz, donde derrama su Sangre para el perdón de nuestros pecados, para conducirnos a Dios. En su muerte y Resurrección, es su misericordia la palabra definitiva sobre el mundo, y sobre el pecado. No hay fuerza más poderosa en la Historia que el amor y la misericordia de Dios.  

 

Por tanto, el primer "movimiento" espiritual de este Jubileo, y de este curso pastoral, será contemplar la misericordia de Dios, revelada en Jesús. Y así, le pediremos que nos dé también a nosotros entrañas de misericordia cuando nos encontremos con las miserias, con las necesidades, e incluso con los pecados, de nuestros hermanos. 

 

Tendrá que ser, también, una misericordia experimentada. Tenemos que sentirnos, cada uno de nosotros, "destinatario" de la misericordia de Dios. Y el lugar donde se tiene experiencia de la misericordia de Dios es, sobre todo, el Sacramento de la Reconciliación. En éste, no vamos a decirle a Dios lo buenos que somos, lo bien que hacemos las cosas, nuestros logros en la vida... Todo esto está presente en nuestra vida espiritual, y Dios lo ve. En la confesión, vamos a decirle a Dios cuáles son nuestros fallos en la vida, nuestros pecados... Y Dios siempre, siempre, va a responder con misericordia. El sacerdote, en nombre de Dios, nos dirá: "Yo te absuelvo de tus pecados..." ¡Cuánta paz da al corazón recibir la gracia de Dios que perdona y nos renueva en este Sacramento! Siempre debemos valorarlo y experimentarlo. 

 

Es así como comprendemos que la misericordia de Dios nos responsabiliza para vivir con fidelidad nuestra vida. La experiencia de la misericordia de Dios nos debe llevar a la conversión, a vivir con coherencia y fidelidad nuestro camino de seguimiento de Jesús. El Padre nunca se cansará de perdonarnos, pero, de la misma manera, tampoco nosotros debemos cansarnos de caminar tras las huellas de Jesús. 

 

Y así, una misericordia contemplada y experimentada se traducirá en una misericordia practicada. Recordemos la parábola de aquel que pide a su deudor el perdón de una deuda, pero que no es capaz de perdonar una deuda mucho menor que otro había contraído con él (cf. Mt 18, 23-35). La conclusión de la parábola es lógica: "¿No debías tú haberte compadecido de tu hermano, como yo me compadecí de ti?" Si Dios tiene tanta misericordia de nosotros, ¿no debemos mostrar con nuestros hermanos esta misma misericordia y compasión? 

 

La misericordia tiene que ser la "norma" de nuestra comunidad parroquial, el aire que se respira. Celebrar la misericordia es apostar por la acogida del hermano, con su espiritualidad, con su forma de vivir la fe. Es apostar por la reconciliación, por apagar rencores, renunciar a protagonismos... Jesús ha pedido para el Padre: "Que todos sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Ser uno, estar unidos, no quiere decir que todos pensemos igual, sintamos igual... El Papa Francisco, en numerosas ocasiones, ha hablado que la comunidad cristiana tiene que ser una "diversidad reconciliada". De los muchos carismas, de los muchos grupos, el Espíritu Santo sabe hacer "una sola cosa" para que el mundo crea. Pero es necesario que seamos dóciles, que apostemos por la misericordia y la acogida. 

 

Y lo mismo, la misericordia tiene que ser la "norma" para con todas las personas que llamen a nuestra puerta, especialmente para los necesitados. El Año de la Misericordia debe ser una buena ocasión -así lo quiere el Papa- para descubrir y practicar las "obras de misericordia". Con "entrañas de misericordia" debemos acoger a las personas que entran en nuestra Parroquia para escuchar el Evangelio; a los necesitados que nos piden ser atendidos en sus necesidades, pero también ser escuchados y tratados con dignidad de hijos de Dios; a los miembros más débiles de nuestra comunidad, los enfermos, que quieren ser visitados y consolados en sus sufrimientos... 

 

Ésta es nuestra propuesta para este Año Jubilar: contemplar la misericordia de Dios, experimentar la misericordia de Dios y practicar esta misericordia que Dios tiene con nosotros, con las personas que están a nuestro lado. 

 

¿Qué mejor maestra encontraremos que la Santísima Virgen María, Reina y Madre de misericordia? Ella permitió la entrada de Dios en el mundo, con su "Sí" pleno y confiado en la Anunciación. Queremos recordar un pensamiento del abad San Bernardo, que, en el momento de la Anunciación, pretende "convencer" a María para que diga Sí, presentándole la miseria en que vive la humanidad: "Nosotros... esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Se pone entre tus manos el precio de nuestra redención... De tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados; la salvación de todos los hijos de Adán" (Homilía IV sobre las excelencias de la Virgen Madre). María tuvo compasión de un mundo que estaba oscuro sin Dios, y al permitirle entrar en su vida, llenó de luz a toda la humanidad. Nuestra Parroquia, que se llama del "Ave María", debe aprender de la Virgen sus mismos sentimientos de compasión, para ofrecer a todos la luz que brota del amor y la misericordia de Dios. 

 

Ésta es la apasionante misión que nos espera en este Año Jubilar: ser "misericordiosos como el Padre". Debemos ayudarnos unos a otros a vivirlo. 

 

Quedamos a vuestra disposición vuestros sacerdotes, "servidores de vuestra alegría". 

 

 

Manuel García Valero, Pbro.- Salvador Andrade Holgado, Pbro.